(Originalmente
publicado en julio de 2012)
Finalicé mi
anterior post con la afirmación de que el dogma de fe destruye
al hombre, asemejándolo en devastación a una institución religiosa -amante del
poder como pocas- con cuartel general en el Vaticano,
que se permite el lujo de oponerse –¡en el nombre de Dios!- a la conciencia
individual de sus creyentes y de los que no son.
