(Originalmente publicado en 2007)
‘Cuando se elimina lo imposible, todo lo que queda, por improbable que
sea, debe ser la verdad.’
Sir Arthur Conan Doyle.
El
ser humano yace engañado en el lecho de la irrealidad, indiferente o
imposibilitado para percibir una realidad veraz de su mundo que difiera de la
que le ha sido diseñada desde los altos estamentos de una pirámide global, en
cuya cúspide reina el papel moneda al que se le ha dado autoridad sobre la
condición humana. Me resulta impensable la supervivencia decente de un mundo
que realiza sus transacciones en papel o bonos virtuales, y que el epicentro de
su existencia no venga determinado por hacer factible la dignidad de todos los
seres, sino que da prioridad a los intereses económicos y geoestratégicos de
unos pocos.
Esa,
y no otra, es la inmoral pirámide global que desde su más elevado piramidón
decidió que el 11 de septiembre de 2001 diera comienzo una guerra (que todavía dura), posiblemente la última, contra la Verdad y la dignidad
humana… El caos de la ciudad de Nueva York, el desconcierto
general que la tragedia estaba produciendo en las mentes de todos, dieron paso
a las conjeturas y las dudas sobre su autoría y trascendencia.
Fue entonces
cuando la quimérica paz mundial se tambaleó, el equilibrio se desveló roto, la
quietud del “Primer Mundo” se colapsó y el temor tocó a las puertas de cada
hogar. Mentes retorcidas como la mía piensan que todo fue previsto hasta el
detalle, para que nadie osara perderse aquellas dolorosas imágenes televisadas
en directo.