viernes, 14 de agosto de 2015

NIVEL HUMANO: Reflexiones sobre la conciencia social ante los tiempos actuales y sus riesgos (I)

(Originalmente publicado en noviembre de 2012)

INTRODUCCIÓN

No existe necesidad alguna de pararnos a detallar -una a una- las innumerables circunstancias que hacen de los tiempos actuales un momento crítico en la historia de la humanidad. Todos, de una u otra forma, somos víctimas (aún inconscientemente) de un sistema que tritura –no desde tiempos recientes, como algunos podrían pensar desde posiciones más ventajosas que las de la mayoría- la humanidad del hombre y la mujer. Todos a los que dirijo estas palabras sabemos –directa o indirectamente- de qué hablamos cuando mencionamos la dureza del tiempo que nos ha tocado vivir.
Aunque no sea percibido así por todos, la problemática que acucia al ser humano no es una creación moderna, ni un fallo imprevisible en un área concreta de un sistema medianamente bueno o aceptable, ni producto de la codicia de un reducido y excepcional grupito que personas que se han salido de madre. No pocos saben, los que han podido mantener vivo el hilo conductor de la Historia, que no hay nada nuevo bajo el sol, y que no estamos padeciendo una crisis pasajera o reversible, sino las consecuencias –ya avanzadas- de un perverso sistema esclavista instalado en todos los rincones del planeta; un sistema que por su propia naturaleza –inhumana y depredadora- logrará sobrevivir en la medida en que sea capaz de mantener el clima psicopatológico en quienes son sus esclavos. Un clima -consistente en la enajenación(1)- del ser humano, que responde exclusivamente a las necesidades y apetitos de la cúspide del sistema.

Sea cual sea el área en el que esté operando la dinámica del activismo social, su esencia es alertar sobre el deterioro de determinadas condiciones que afectan, directa o indirectamente, a todo el conjunto de la humanidad. Esa alerta no es un mero acto informativo, sino una apelación a la conciencia del individuo, a su humanidad, a la empatía. En la medida en que esa apelación logra enraizar en la mente de los sujetos, éstos actúan como eslabones conscientes en la defensa (intelectual y/o materialmente) de dicha causa, y el activismo social ha realizado un pequeño logro. Un logro que no es definitivo y nos llama a permanecer siempre alertas, pues el sistema es -por naturaleza y a pesar de las victorias que en/sobre él se hayan podido lograr hasta el día de hoy- una aberración construida a la medida de los intereses de unos pocos, la élite.
Durante este trabajo cabrían muchos nombres propios a los que referirnos para exponer la verdadera naturaleza del sistema. No he querido que Howard Zinn, historiador estadounidense, se quedara fuera. Zinn nos dice (el resaltado es mío):

‘Las inesperadas victorias –incluso las temporales- de los “insurgentes” muestran la vulnerabilidad de los supuestamente poderosos. En una sociedad altamente desarrollada, el establishment no puede sobrevivir sin la obediencia y la lealtad de millones de personas a las que se otorgan pequeñas recompensas para que el sistema siga funcionando (…) Estas personas –los que tienen trabajo y de alguna manera son privilegiados- forman una alianza con la élite. Se convierten en los guardianes del sistema, y hacen de amortiguadores entre las clases alta y baja. Si dejan de obedecer, el sistema se derrumbará.
Pienso que esto sólo ocurrirá cuando todos los que tenemos pequeños privilegios y seamos un poco inquietos empecemos a ver que somos como los carceleros en el levantamiento en la cárcel de Attica: prescindibles; cuando comprendamos que el establishment, a pesar de las recompensas que pueda darnos, también nos matará si es necesario para mantener el control’. (La otra historia de los Estados Unidos, p. 596.)

A estas palabras de Zinn habría que matizar algo que, en mi opinión, es importante, aunque su aclaración pudiera llegar a ser innecesaria. Cuando se habla de ‘lealtad hacia el sistema’ y ‘alianza con la élite’ por parte de amplios sectores sociales, no hemos de entenderlo como un compromiso consciente que deliberadamente los posiciona a la sombra del poder y frente a los más desfavorecidos. No dudo de que el egoísmo de muchos haga de ello una realidad elegida con plena lucidez; sin embargo, propongo que interpretemos a la masa leal al sistema como un conjunto sometido en exceso –por diversas vías- a la paralizante y disgregadora doctrina que emana del sistema. Éste será el principal fundamento sobre el que  voy a construir en las próximas páginas.
-Comenzaré con una breve (y, a buen seguro, inexacta) descripción de la compleja situación actual en términos globales, aderezada con algunos elementos que creo –a la vista del escenario de hoy- acabarán pasando a formar parte de la realidad del futuro a medio plazo.
-Seguiré con algunos apuntes sobre la estructura psicológica que da forma al escenario actual, y a los movimientos sociales implicados en la lucha contra la deshumanización.
-Finalmente, partiendo de dicha estructura, añadiré las sugerencias que, tal vez, puedan ser útiles para la consecución de los objetivos que todo activismo social se propone en la comunicación que inicia con la masa mayoritaria, desconocedora de sus inquietudes y la argumentación que las sostienen.

1- EL ESCENARIO QUE NOS HA TOCADO EXPERIMENTAR

En mi opinión, estamos en el camino de la formalización del fascismo como sistema dominante. Fascismo no es una excepción italiana, sino que en la actualidad podemos comprenderlo como el lógico destino histórico que se alcanza cuando el depredador poder capitalista logra acabar con la resistencia proletaria. Añadamos esta otra definición del término expresada por Franklin D. Roosevelt en 1938:

‘La primera verdad es que la libertad de una democracia no está a salvo si la gente tolera el crecimiento del poder en manos privadas hasta el punto de que se convierte en algo más fuerte que el propio estado democrático. Eso, en esencia, es el fascismo: la propiedad del estado por parte de un individuo, de un grupo, o de cualquier otro que controle el poder privado’.

Lo cierto es que, como sociedad, desde nuestra ignorancia de voraces consumidores de imágenes (y falta de apetito intelectual), el fascismo está asociado a determinados clichés difícilmente reproducibles en la actualidad. Es obvio que no estamos ante el fascismo de Mussolini, la esvástica del III Reich, o el saludo romano, elementos que, absurdamente, serían síntomas imprescindibles para aceptar que el fascismo ha regresado o emergido de su sueño.
La ausencia de un poder político que advierta (que es lo que una sociedad bien domada, como la nuestra, espera) de la cercanía del enemigo fascista, sumado a la inexistencia de los iconos (salvo casos locales como Amanecer Dorado en Grecia), convierte en una tarea harto difícil el concienciar a la sociedad del peligro que nos acecha.
Todavía son pocos los que advierten que, con un atuendo adaptado a las circunstancias propias de la globalización económica a la que estamos siendo sometidos a comienzos del siglo XXI, el fascismo está –progresivamente- instalándose en nuestro día a día. El peligro está aquí, en casa, donde lleva gestándose durante décadas a través de una tupida red de circunstancias que no han sido advertidas como las amenazas que realmente son. El resultado es que el sistema –y no hablo únicamente del Estado- está perfectamente blindado ante cualquier intento de justa rebeldía.
En una Europa de aparentes libertades y derechos para todos, donde el estado de bienestar cumplió su función geoestratégica (frente al enemigo soviético y la semilla del comunismo que trataba de germinar en diferentes partes del continente), el ascenso del fascismo queda eclipsado por la lógica preocupación de quienes ven que su economía desciende, el trabajo desaparece, los derechos se recortan y la corrupción del estamento político –en la cama con el poder económico- se hace cada día más evidente.
No obstante, lo cierto es que, aunque sea ahora cuando las clases medianamente acomodadas de la sociedad se escandalizan, el sistema siempre –y no recientemente- ha mostrado su rostro más perverso a quienes peor posicionados estaban. Y a quienes se atrevían a ponerlo en tela de juicio. Efectivamente, la clase media ha representado a la perfección el rol de amortiguador entre los más ricos y los más desfavorecidos.
Me parece importante insistir en esto último, a fin de no confundirnos con el reformismo –y regreso al anterior estado de las cosas- que algunos sectores sociales y políticos pretenden aplicar a la catastrófica situación actual. Por ello subrayo mi postura: Nada es más hostil al humano que una estructura global –un sistema compuesto de subsistemas de orden religioso, cultural, social, político y económico- que construye su supervivencia, simple y llanamente, en la progresiva y sutil deshumanización de la mujer y el hombre.
Consecuentemente, personifico al enemigo en el Estado, pero no menos que en la cultura que sirve de narcótico idiotizante; en la religiosidad que envenena la mente crítica y amordaza la conciencia individual; la política que se encorseta para servir mejor a los de siempre; la sociedad embobada en alcanzar el sueño de realización personal y material –y muchas veces patriótica- que se le vendió, como a la mula que persigue la inalcanzable zanahoria.
De haber mantenido intacto el agudo espíritu crítico que hace maduro al ser humano, cada paso que esos subsistemas derivados del Sistema dieron hacia nuestra alienación, todas las alarmas habrían saltado. No lo han hecho, y estamos en la etapa de las consecuencias. Las consecuencias propiciadas por el abandono mayoritario de nuestras responsabilidades individuales y comunitarias. El resultado es que, quienes aspiran a que la justicia sea el pilar insustituible que rija las relaciones comunitarias, son una minoría de exiliados en su propia Tierra. Así, con mayúsculas.
En otras palabras, el más directo y cercano de nuestros enemigos, el más letal, es esa deficiencia que acarreamos como resultado de no habernos cultivado lo suficiente, creándonos un autoengaño. Un autoengaño que nos ha estallado en la cara, y es el responsable de que no advirtamos los rejos sistémicos de todo tipo que, en su acción conjunta y no necesariamente coordinada, nos han convertido en seres sin apenas capacidad de reacción para advertir enemigos y salir de los laberintos que éstos crean.
De no existir (el autoengaño), advertiríamos que -en gran medida- es la necesidad de ser tutelados, la dependencia, la delegación de responsabilidades en fulanos a los que no conocemos, lo que –desde la entrega de nuestra mente- nos ha conducido a este acto (no el último, pero si avanzado) de un drama milenario.
Consecuentemente, la estafa económica no es sino un síntoma sobresaliente de ese autoengaño, de la claudicación de nuestras competencias y obligaciones. Y, aunque entiendo que las protestas hacia esa estafa (que algunos aún llaman crisis) son justas en su mayor parte, no sería menos justo reconocer cuáles son las causas de las que podemos hacernos responsables, con el práctico fin de resolver, desde su origen en vez de desde su consecuencia, el conflicto que nos acucia.
Así, pues, estamos ante un conflicto con numerosos frentes. Unos de ellos exigen nuestra implicación inmediata, mientras que otros, igual de graves, requieren trabajo a largo plazo y estrategias más elaboradas que las empleadas actualmente.
Porque el fascismo, por muy habitual –como sutil- que esté siendo, no puede, no debe, convertirse en algo normal, mayoritariamente tolerado gracias a la indolencia causada por la ignorancia de una sociedad demasiado enajenada como para detectarlo.
Para que el fascismo pueda ser llegar a ser el lógico destino histórico que se alcanza cuando el depredador poder capitalista logra acabar con la resistencia proletaria, se necesitan otros actores, colaboradores indispensables que, a nivel social y colectivo, guarden silencio ante cada vuelta de tuerca de opresión.

Y esos actores están

La denuncia contra el fascismo en su vertiente militar (hablo de la OTAN) no es menos grave que aquel otro que tiene rostro económico y asfixia a nuestras familias. Ambos son dedos de una misma mano opresora, aunque nuestras atomizadas sociedades occidentales –siempre hablando en términos generales- son más proclives a alarmarse por aquello que les afecta –en apariencia- única y directamente a ellas.
Nuestra pertenencia a la OTAN nos convierte en parte cómplice de las agresiones que se llevan a cabo sobre pueblos inocentes.
El fascismo ejercido por la arrogante Iglesia Católica (se entiende que la jerarquía, y no los meros creyentes… lástima tener que hacer siempre esta matización), en su humillación de los colectivos que no cumplen con sus mágicos patrones de pureza, en el descarado desprecio hacia la mujer y los niños, y a través de su inmunda alianza -por secula seculorum- con el poder económico, político y militar, debe ser denunciado. Su complicidad con quienes están llevando a cabo el crimen económico, los abusos policiales, las guerras imperialistas, podría decirse que está pasando prácticamente desapercibida por la mayor parte de la sociedad.
A este respecto, cabe añadir que esta institución es la máxima especialista en la perversa manipulación mental, que es de lo que, esencialmente, va todo esto, por mucho que luego deba aplicarse una solución física y práctica al conflicto que nos atañe.

¿Qué escenario nos espera?

Un Sistema que se articula gracias a la tolerancia de la mayoría hacia conductas perversas y suicidas sólo puede traer futuros escenarios fatales. Únicamente una actitud crítica y desafiante por parte de cada vez más personas, podría poner coto a esta dinámica.
Sin embargo, la agenda deshumanizante está, en verdad, muy avanzada; y los colectivos activos, si bien están organizándose rápidamente, no parece que logren implicar a un mayor número de víctimas del Sistema. Víctimas –sobre las que volveré en el punto 2- que ni tan siquiera son conscientes de su condición de víctimas.
Además, si bien cada vez es más evidente que se está componiendo un tejido social que apuesta por métodos participativos directos, cooperativos y prácticos, su intervención en el conjunto no acaba de ser consistente y perdurable. La actividad de estos conjuntos activistas se focaliza principalmente en lo inmediato (como puede ser la paralización de su desahucio), lo cual es completamente sensato, así como en la formación de una cultura –paralela al Sistema- donde rige la cooperación y la recuperación de la soberanía perdida. Todo ello, a mi juicio, admirable, como parte de una respuesta inmediata que proviene de un sector social sensible y comprometido.
Dicho esto, creo que es conveniente que los diferentes movimientos superen la tendencia a ir a la zaga de las medidas adoptadas por el Estado (sin abandonar las prioridades que atienden), para proyectarse hacia el derivar lógico de un previsible escenario futuro donde hay más intervinientes, además del Estado.
Un escenario probable que ha de tener en cuenta el combinado de las tendencias seguidas hasta hoy por los diversos integrantes del Sistema:
La parte de la sociedad que más conexiones de afinidad tiene con el establisment es proclive a defender el orden de violencia de baja intensidad antes que ver cómo el paradigma sobre el que han construido su vida se va al garete. En su ignorancia, desconocen que el espacio que ocupan en la estructura social actúa de línea de contención hacia los primeros destinados al sacrificio dictado por el poder, los más desfavorecidos.
Aun en el caso de que el poder económico de esa parte de la sociedad disminuyera hasta límites alarmantes, creo poco realista pensar que espontáneamente se sumarán a los sectores más activamente contestatarios de la sociedad. Al menos si no existe una etapa de transición o descondicionamiento cultural previo que les permita ver el panorama completo de lo que están viviendo más allá de sus circunstancias personales. Sin ese esfuerzo descondicionante, que debiera ser propiciado por quienes lo han experimentado antes, es altamente posible que esa masa social se decante por las diversas organizaciones de corte reformista que ya han empezado a proliferar por todo el territorio nacional. Algunas de ellas son, en sintonía con la radicalización general a la que estamos siendo sometidos, extremadamente evidentes en su defensa de los pilares que sostienen el Sistema: capitalismo regulado, patria, catolicismo, familia tradicional, atlantismo, etc.
En estos momentos, noviembre de 2012, cuando la vida de millones de españoles es cada vez más precaria, el abismo entre éstos y los gobernantes -capataces de la granja y voluntariosos portavoces del poder económico- es insalvable.
Aunque pronto entraré a describir las claves psicológicas de este orden, ya podemos adelantar que el pérfido comportamiento de esa élite sólo puede comprenderse como resultado de lo mucho que comparten con el siguiente nivel de una élite superior, y así sucesivamente. La maraña de relaciones elitistas establecidas desde décadas atrás, en clave económica-ideológica-familiar y hasta religiosa, mediante su bamboleo de lo público a lo privado y viceversa, es muy densa. Lo suficiente como para que la defensa del Sistema sea, para ellos, una cuestión de pura supervivencia. Deberían ser parte de la primera remesa de guillotinados, como responsables directos de la indefensión a la que la sociedad está sometida por parte de sus superiores.
No es, pues, de extrañar que este nivel de poder desalmado haya sido el encargado de permitir los más de 160 desahucios a los que se somete diariamente el país. Sólo cuando ha salido a la luz de los medios de comunicación masivos los suicidios de los afectados, los capataces se han puesto nerviosos y los dos partidos mayoritarios han decidido reunirse y hablar del tema. No porque tengan conciencia, puesto que este drama dura ya varios años y su prioridad (la del poder) fue rescatar a los bancos. (Esto es lo que se llama un hecho científicamente comprobado.) Sino para evitar un posible estallido social.
Lo probable, basándonos en las tendencias desarrolladas hasta el día de hoy, es que sigan endureciéndose las leyes que impidan la protesta popular. Los cuerpos de seguridad del Estado seguirán, previsiblemente, ejerciendo de martillo represor, procurando asustar a la población tentada de participar en las protestas. No es descartable que, aumentando las dificultades en la calle (el punto de inflexión será cuando una de las dos partes aporte el primer muerto), el ejército sea llamado a sumarse a la protección de lo que todavía llaman, hipócritamente, Estado de Derecho.
Yendo más allá, la permisividad que las sociedades occidentales hemos otorgado a los crímenes de Estado ejercidos desde el ámbito militar, vía OTAN, es comprensible que acabe pasándonos factura. No sólo porque ese terrorismo estatal genera una respuesta directa en sus víctimas extranjeras, que nos convierten –como elementos visibles de ese Estado agresor- en sus objetivos, sino porque la tolerancia (propiciada por ignorancia, simpatía, o autoengaño) a todo orden criminal del que se forma parte cómplicemente(2), acaba volviéndose, tarde o temprano, contra quienes dice defender.
La misma red de corporaciones financieras que maneja medios de comunicación, crea crisis alimentarias, paga sueldos a ex presidentes de gobierno y coloca a sus hombres en los ministerios, es la que diseña una agenda mercantil de agresiones militares por toda la faz de la Tierra. Los conflictos larvados (Israel y vecinos), las piezas geopolíticas que se han estado moviendo en la última década (Iraq, Siria, etc.), la invención de enemigos que son de manufactura casera (Al Qaeda), entre otros muchos motivos, son causa suficiente como para pensar que –ante semejante clima de conformidad social para con lo bélico- la dinámica emprendida conducirá, inexorablemente, a un conflicto de proporciones mundiales. La subordinación a los poderes económicos que se plasma a niveles estatales, con sus trágicos resultados, tiene su paralelo en el espacio bélico. También en ese ámbito estamos en la etapa de las consecuencias.
Mientras la manifestación plenamente palpable de que el fascismo está aquí, con todos sus frutos, no se haga dramáticamente una realidad, será difícil que exista una amplia reacción que se proponga ponerle fin. Podría ser demasiado tarde. Puede que ya lo sea.
Sin embargo, y sin proponernos un reto demasiado alto para conciencias narcotizadas como las nuestras (que difícilmente pueden violentarnos con éxito sobre el drama de víctimas actuales), aunque sólo sea por lo que apreciamos la vida de quienes –siendo nuestros niños- no tienen aún la capacidad para intervenir en la actualidad y defenderse de lo que a nosotros, en muchos casos ya nos parece normal, creo que merece la pena organizarse más y prepararse mejor para encender un fuego que les alumbre el mañana que heredarán. No sería, siquiera, un acto de generosidad por nuestra parte, sino los restos de una dignidad casi perdida. 

                                            
(1) Privación del juicio. Estado mental de quien no es responsable de sus actos; puede ser permanente o transitorio.
(2) Cómplice es aquella persona que, sin ser autora de un delito o una falta, coopera a su ejecución con actos anteriores o simultáneos.

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