domingo, 12 de agosto de 2018

SIMBOLISMO: E.T El Extraterrestre (1982)


Reanimando a Elliot

Estrenada en 1982, E.T., El Extraterrestre, dirigida por Steven Spielberg, nos mostró la hermosa historia de amistad entre un ser venido de las estrellas y un niño.
Lo que poca gente sabe es que el relato de lo que vimos en la gran pantalla fue escrito por Melissa Mathison (precisamente, durante la filmación de Indiana Jones en busca del Arca perdida) sobre la base de una experiencia vivida en la infancia por el propio Spielberg, quien, en aquellos años, tuvo un amigo imaginario…

Estoy seguro que el impacto que la película tuvo en la audiencia, uno de los mayores que se recuerda, tiene su origen en la inconsciente asociación que el espectador hacía entre E.T., la criatura, y el Cristo. ¿En qué baso esta afirmación? En las imágenes.
Ciertas imágenes, acompañadas de una determinada música (que nos eleva emocionalmente, o que nos retrotrae a la que hemos escuchado en otras circunstancias), pasan desapercibidas por la mente consciente, que –quizá- está enfocada en los diálogos, o en los pensamientos que, a golpe de fotograma, se nos suscitan.
Lo cierto es que la mística crística que rodea al film de Steven Spielberg es indudable, por mucho que él haya asegurado que, de ningún modo, ha pretendido reescribir la historia de Jesús. Los hechos lo desmienten, empezando por el propio cartel promocional de la película (elección expresa de la productora -Universal Pictures- para entrar en las familias cristianas), que alude de manera directa y sin pudor a la obra pictórica La creación de Adán, de Miguel Ángel, en donde vemos a Dios Padre extendiendo su brazo hacia Adán y casi rozando con su dedo índice el del brazo extendido de su criatura…

Tenemos a una familia compuesta por una mujer llamada Mary, que vive con sus tres hijos (dos chicos y una niña). Por si el espectador no empieza a atar cabos por sí solo, los hijos de esta buena mujer se encargan de recordarnos de quién estamos hablando, pues a lo largo de todo el film se dirigirán a su mamá por el nombre de pila.
El padre de los chicos está ausente desde hace escaso tiempo. Y es evidente que la familia no lo está pasando bien, sobre todo Mary, y los dos hermanos mayores, que añoran el tiempo que compartían con la figura paterna. Así que el clima en el hogar humano que entrará en contacto con la criatura extraterrestre no es, precisamente, el mejor del mundo.
Resulta que una noche, un ser -pequeño y rechoncho- venido de las estrellas se queda accidentalmente en nuestro mundo. Había venido, junto a los suyos, en una misión muy simple, a juzgar por lo que se nos muestra, que es a E.T. recogiendo plantitas en el bosque. La criatura, asustada ante la presencia de unos humanos -de los que no se nos muestran los rostros-, huye hasta una zona residencial. Se trata del lugar en el que Mary vive con sus hijos.
Esa misma noche, uno de los tres niños, el mediano, llamado Elliot (variante de Elías, que significa Mi Dios es el Señor), tiene el primer encuentro con la asustada criatura. A partir de entonces, y de manera progresiva, el chaval (que tiene unos doce años) entablará con su nuevo amigo una relación muy especial. A decir verdad, E.T. llenará el espacio que la ausencia del papá de Elliot ha dejado.
Casi instantáneamente, entre el niño y la criatura (80 %, manera simbólica en la que me refiero a la Conciencia) se establece el vínculo propio de dos entidades compartiendo un mismo cuerpo, el de Elliot (20 %, manera simbólica en que me refiero al alma). 
Por cierto, un crítico de cine americano reparó en que la simbiótica relación del extraterrestre y el humano ya podía advertirse en que el nombre del alien estaba compuesto por la primera(E) y última letra (T) del nombre del chaval.
Se diría que el alma del pequeño ejecuta aquello que la entidad extraterrestre está experimentando. Esto nos conduce a una serie de escenas muy cómicas, y otras realmente hermosas, como cuando el niño –desinhibido- estampa por primera vez un beso en los labios de una niña.
Resulta llamativo que la fusión entre la criatura venida de fuera y el niño traiga consigo el completo descondicionamiento mental de Elliot. La escena del beso a la que he aludido viene acompañada por un acto de rebeldía hacia la autoridad, en plena clase de biología, que coloca a Elliot (soltando ranas que iban a ser diseccionadas) al frente de sus compañeros. Es el  mundano programa Babel (Confusión) siendo desactivado por la desinhibidora Conciencia.
No obstante, la asimilación que temporalmente ha hecho E.T. del alma de su amigo tiene otras consecuencias menos gratas. La criatura desea regresar a su mundo, pero no tiene los medios para ello; y su salud y estado anímico se resienten enormemente. 

El estado simbiótico entre él y Elliot hará que ambos se coloquen al borde de la muerte. Es entonces cuando aparecen los tipos malos…

La Ciencia, religión de nuestros tiempos, ha seguido los pasos de E.T. desde que aterrizó en nuestro mundo, y se hacen con él cuando más delicada es su salud. Y la de Elliot. En medio de un asfixiante ambiente científico y militar, el extraterrestre agoniza, pareciendo que arrastrase al niño al mismo destino final. Sin embargo, cuando llega el punto de no retorno para la criatura, Elliot estabiliza sus constantes y recupera plenamente su salud. E.T. ha puesto final a la estrecha unidad energética que mantenía con el humano, justo cuando está a punto de morir.
Por cierto, el rostro que personifica al estamento científico es mencionado como Keys (llaves), todo un símbolo de poder actual que se asocia con ese otro (las llaves de San Pedro) surgido del cristianismo.
La parte más dramática de la película llega con la muerte de la simpática criatura. Pero unos minutos después se produce lo inesperado. E.T. despierta de su letargo e, incontenible, anuncia que los suyos están a punto de volver a por él.
Logrando escapar del operativo científico-militar que se había orquestado a su alrededor, la criatura y el niño -acompañados de la familia y amigos- se dirigen a un claro del bosque, donde se producirá el descenso de una nave que ha venido a buscar a E.T. Y allí se desarrolla la emotiva despedida que todos recordamos.




¿Qué más nos han ofrecido estas imágenes en celuloide?
Pues nos han mostrado, con el lenguaje propio de nuestros días, en qué consiste la segunda de las dos etapas de la misión crística. Todo ello, por supuesto, alrededor de las dos figuras centrales de esta historia: E.T. y Elliot.
Mientras que el extraterrestre es fácilmente identificable con el Cristo (80 %, Conciencia), la imagen de Elliot como soporte físico (20 %, Alma) del primero es indudable. Es E.T. quien mueve al alma del niño a que realice actos que rompen con el orden cultural establecido. Lo hemos visto cuando, audazmente, se enfrenta a las autoridades armadas y escapa con la criatura en bicicleta.
Como mandan los cánones metalógicos, ninguno de los actos que E.T. inspira a su alma –Elliot- está fuera de los límites de una agenda didáctico-evolutiva, por mucho que supongan una ruptura escandalosa con lo convencional.
Cumpliendo con una estructura cronológica coherente con la historia arquetípica de Cristo, la muerte del extraterrestre lleva implícita la solución misma del conflicto en que viven todas las partes. Por un lado, la muerte y resurrección de E.T. supone para el niño el comienzo de la etapa de madurez. Ausencia de madurez que su hermano le reprocha al empezar el film, cuando Elliot inconscientemente hiere los sentimientos de Mary al decir que el papá está en México con su novia.
Se advierte, además, que el contenido es coincidente con la estructura natural de la evolución, pues Elliot –estancado en la receptividad propia del hogar materno- ya reclamaba una figura paterna que le indique el acceso a su desarrollo social, a través del cual poder manifestarse como un ente autónomo y emisor seguro de sí mismo.
Respecto a esto último, cabe recordar que el comienzo de la película nos muestra a Elliot junto a su hermano mayor y los amigos de éste, que no le permiten que participe en un juego de rol (Dragones y Mazmorras, por cierto). El que Elliot intervenga o no en el juego de mesa está condicionado por la predisposición del chico a servirlos, en este caso, salir a recoger una pizza. 
A los ojos de esos muchachos, Elliot es aún un mocoso receptor de órdenes, pero él ya demanda se le haga un hueco en el mundo de los adolescentes. Es, precisamente, en el instante en el que el niño ha salido de la casa a recoger la pizza, cuando tiene su primer y misterioso encuentro con la criatura.
Finalmente, se diría que Elliot se ha cristificado por medio de la experiencia a la que se ha visto abocado. La imagen del pecho iluminado del extraterrestre –tras su resurrección- nos lleva directamente a la iconografía crística. De hecho, confirma lo mismo que la simbología cristiana, la transferencia esencial del Hijo a sus criaturas.

La paz (serenidad de Vida) os dejo, mi paz os doy; no como el mundo (Sistema de Control) os la doy yo (80 %, Conciencia) (…) Me voy y vengo (transferencia) a vosotros (20 %, almas). (Juan. 14:27)

Por otro lado, el extraterrestre vuelve a la vida justo cuando tiene la seguridad de que vienen a por él. Pareciera que esta solución no debía darse antes de la muerte (necesaria para trascender a la materia), ni mucho después de ella, pues ya el niño no estaría físicamente cerca de su cuerpo. Se ha dado, como manda la metalógica, en el momento preciso. Así, Elliot (20 %, alma) recibe la madurez por parte de una criatura (80 %, Conciencia) que, ¿accidentalmente?, ha visitado su mundo. Otra imagen cinematográfica que nos lo confirma es cuando vemos, en la noche tranquila, a Elliot y a E.T. escuchando en silencio a Mary narrar a la pequeña de la casa el cuento de Peter Pan. Elliot ha sido, de entre sus hermanos, quien -por edad- ha verbalizado (alegóricamente hablando) su condición de niño perdido en el País de Nunca Jamás.
La entidad que viene de fuera se humaniza (como lo hizo el Hijo del hombre) cuando su psique se conecta a la del chaval. ¿De qué otro modo, si no, se podría llevar a cabo la transferencia que se pretende? Y, consecuentemente, E.T. se sintió abandonado en la Tierra, como Elliot, pues su padre marchó a México con su novieta… Todo ello, para que el alma (20 %) absorbiese lo que su Conciencia (80 %) deseaba entregarle. Para que sanasen las consecuencias derivadas de la des-estructuración familiar (escenario de la Conciencia ausente) que ha padecido Elliot, hasta entonces nadando entre las aguas de la infancia –su hermana pequeña-, y las de la adolescencia –su hermano mayor-.
La escena final, cuando el extraterrestre se despide del niño, es un paralelismo del Cristo que marcha para quedarse. Pues, aunque físicamente la criatura abandona el mundo, los efectos de la conexión que estableció con el pequeño perdurarán para siempre en el tiempo. E.T. y Elliot se funden en un abrazo y luego, re-creando su obra (tal que el Dios Padre que pintó Miguel Ángel en su famoso fresco), E.T. extiende su brazo hacia Elliot y con el dedo índice señala, no al corazón –como inconscientemente se esperaría-, sino a la frente, al entrecejo, para decirle: Estaré aquí mismo. Exacto, pues ha llegado el momento de la madurez, el tiempo de la Conciencia. Elliot ha recuperado su cabeza…

Enseñándoles que guarden 
todas las cosas que os he mandado;
y he aquí yo (La Conciencia) estoy con vosotros (las Almas) todos los días, 
hasta el fin del mundo. (Mateo 28:20)


¿Sabías que hubo guión para E.T. II?






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